Uno de mis arquitectos favoritos en mi época de estudiante fue Richard Meier. Su arquitectura claramente heredera de conceptos racionalistas, tan característica y contundente, me resultaba inspiradora. Los años pasaron y es notable la manera en que este arquitecto norteamericano mundialmente reconocido,  de 84 años, sigue totalmente fiel a sus principios, elaborando obras que tienen su sello inconfundible. La elección de fachadas e interiores blancos, grandes ventanales por donde se cuela el paisaje, líneas claras y puras, doble o triples alturas, columnas esbeltas, amplios espacios en donde la luz es protagonista, son algunas de las características inconfundibles de sus construcciones. Esta casa construida en el paisaje ondulado de Oxfordshire, su primer trabajo en suelo británico, es un ejemplo.

El esquema de la casa es similar al usado por este arquitecto en viviendas pasadas, incluso en la primera que ya cumplió 50 años y que lo catapultó al escenario mundial de la arquitectura. Una fachada “opaca” (con pocas ventanas), tras la cual se desarrolla un volumen que contiene la zona privada, con habitaciones, baños, cocina y, en forma paralela, otro volumen con la zona pública, que disfruta de dobles alturas, grandes ventanales, mucha luz y vistas maravillosas.

La riqueza visual y volumétrica de esta casa, tanto desde afuera como desde adentro, es notable. Algo a lo que nos tiene acostumbrados este arquitecto ganador del Pritzker (uno de los más importantes en arquitectura a nivel mundial)

El diálogo entre la arquitectura y el paisaje se hace desde la diferencia y desde el respeto. La casa ocupa lo mínimo indispensable de terreno y hace suyo el maravilloso entorno gracias a las grandes superficies vidriadas, el mobiliario de diseño blanco y neutro, y los pisos de madera clara. Todo dispuesto para lograr el disfrute desde los sentidos.